La flor del trabajo entre la rebeldía y el liderazgo

Una tarde cualquiera, alrededor de un café en la Fonda de Consuelo en San Cayetano, nos reunimos para hablar de una mujer que vivió sus últimos días en la zona Nororiental, caminando por la estación del tranvía El Cairo en Aranjuez y hablando con las palomas.

Fernando Cuartas, historiador y cuentero del Colectivo El Bermejo Mundo de la Calle, empieza a narrar: “María de los Ángeles Cano Márquez, nacida entre lo laico y las prácticas esotéricas, las cartas y los médium, se sale del jardín y siembra rebeldía, imparable, avasalladora, recorre medio país entre la lluvia y los pantanos, un socialismo con flores y un proletariado con angustias. Poeta con seudónimo ‘Elena Castillo’, en la revista Cyrano. Amiga de los barriales, los tugurios y la esquina. Menudo pajarillo locuaz, beligerante, recia, audaz, periodista a su manera, agitadora en sus discursos sin soberbias y sin miedos. Reventó los costureros, el rol femenino de la Caridad y las dádivas lisonjeras”. 

Y sí, María Cano nacida el 12 de agosto de 1887 en Medellín, dentro de una familia dedicada al arte, la educación y el periodismo, se enfrentó a una sociedad conservadora donde las mujeres no tenían ni voz ni voto, enjauladas en las paredes de sus casas sin poder dar su opinión en asuntos políticos y sociales. Pero ella, de contextura muy delgada, menudita y de voz clara y actitud arrogante, se tomaba las plazas para protestar y poner su voz en discursos coherentes logrando incidir al opinar en asuntos políticos y sindicalistas. Inició su vida política ayudando en la fundación del Partido Socialista Revolucionario en 1926 donde compartía sus ideas frente a las condiciones laborales del proletariado, apoyaba las huelgas bien fueran del sector minero, petrolero o bananero, lo que la posiciona como una mujer reconocida por los artesanos, obreros y quiénes en 1925 la nombraron como la ‘Flor del Trabajo’.

Convencida de sus ideales socialistas, luchó constantemente desde el diálogo incidiendo en la reivindicación de los derechos del trabajador y de las mujeres, ante esto el 8 de marzo de 1960 dirige una de sus últimas cartas a la organización Democrática de Mujeres de Antioquia expresando: “Era más estrecho el tiempo en que yo actué como agitadora de ideas por medio de mi palabra y mis escritos. No existían ciertas libertades y derechos que ahora se reconocen a la mujer. Pero entonces como ahora, lo esencial era y sigue siendo movilizar a la gente; despertarla del marasmo; alinear y poner en sus manos las banderas de sus tareas concretas. ¡Y que las mujeres ocupen su lugar!”

Berta, teatrera de la Comuna 4, perteneciente también al Colectivo El Bermejo Mundo de la Calle y que ha tenido la oportunidad de representar a María Cano en una de sus obras, nos dice: “hay que volver a buscar el pajarito reflejado en una mujer que revoloteaba entre consignas y discursos para darle voz a aquellos que vivían sumidos en el silencio de la desigualdad y la explotación laboral”.

Casa de Maria Cano en el barrio Aranjuez

 

Con el tiempo fue cayendo lentamente en el olvido, sus último días los vivió en algunas casas de Aranjuez con una de sus hermanas, retraída en un profundo silencio, pues como dice Fernando “hasta ya gacha y algo tímida, ya en Aranjuez, no dejaba de leer, de compartir sueños y conversaciones, más la dobló el silencio, la enmudeció el tiempo. Laica y anticlerical nunca dejó de hacer la señal de persignarse con la cruz patas arriba, jugó su última carta a la soledad, más hubo seres que la rescataron del olvido”.

Escrito por Dayana González Mosquera

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