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Las tiendas de doña Celina y doña Deyanira, espacios de memoria viva en Andalucía

Por más de treinta años, sus pequeños comercios en la comuna 2 han servido a la comunidad con empanadas y carnes, además de ser punto de encuentro y conversa

Solo unas calles, en el barrio Andalucía de la comuna 2, separan las historias de Celina Sucerquia y Deyanira Araque, quienes por más de treinta años han habitado el barrio. Con el puesto de empanadas ubicado en la calle 109 con la carrera 51, Deyanira ha sacado a su familia adelante, hoy sus hijos son profesionales. Con la tienda Granero Zapata -mejor conocida por los vecinos como la tienda de Pascual y Celina- ubicada en toda una esquina, entre la calle 107 y la carrera 51, doña Celina pudo compartir alrededor de cuarenta años con su socio y cómplice de vida, don Pascual, quien hace cinco meses falleció. Estas dos mujeres no entienden la vida sin sus negocios, disfrutan su quehacer, su oficio, y contagian de esa buena vibra a cualquier desprevenido que arrime donde ellas.

La tienda de doña Celina conserva la misma forma que hace cuarenta años, sus visitantes parecieran hacer un viaje en el tiempo, pues el baldosín, los estantes y mostradores, son los mismos. Como dice doña Celina, “lo único que cambia son los productos y lo que cuestan, lo demás tiene la misma esencia”. Para muchos vecinos, esta tienda guarda gran parte de la historia del barrio, como Doña Adiela, una clienta de toda la vida, que recuerda la calidad de la carne que se vendía. “Las ventas ya no son como antes, ahora hay muchas más opciones para la gente del barrio” manifiesta doña Celina, sin embargo, se ve con su negocio hasta el final de sus días.

Por el granero Zapata pasaron muchos de los fundadores del barrio. “Se tomaban sus traguitos, pasaban un buen rato, todo era muy agradable”, ahora, la gran mayoría de clientes no están, quedaron en la memoria de doña Celina, como quedaron en su memoria las palabras de don Pascual al decirle que la tienda no se la confiara a nadie, el legado debía quedar solo en ella, “lo que vendió vendió, y si no, ahí está el artículo para que lo consuma”, recuerda con picardía las palabras de don Pascual.

Con la idea de no entregar a nadie el negocio, los vecinos comentan con temor el posible cierre del lugar, pues con ello cerrarían el recuerdo vivo de uno de los rincones más emblemáticos del barrio.

“Hasta dormida hago empanadas” es lo que contesta Deyanira Araque cuando se le pregunta por su oficio. Su historia ha estado marcada por momentos de mucha zozobra, con tres hijos por alimentar y una tía a quien debía cuidar de una enfermedad que le devoraba poco a poco una pierna, se vio en la obligación de trabajar desde su casa, de ahí que heredara la receta de las empanadas que le dio un familiar. “Esa receta ya no es la misma, uno entre más hace una vaina, va buscando la sazón propia”, dice Deyanira, quien por solidaridad con algunas personas ha compartido su receta, pero confiesa que aun así no quedan con el mismo sabor.

Treinta años han pasado y Deyanira sigue moliendo el maíz en la máquina, entre risas, dice que con la fuerza de su brazo le puede dar un coscorrón al que sea, esa fuerza se ha transformado en un amor inconmensurable hacia las empanadas, pues le ha dado de comer a sus hijos, les dio estudio, pudo dedicar tiempo para protegerlos de la fuerte violencia que azotó al barrio en los noventa, donde las balas se paseaban cerca de su casa. No solo su familia creció comiendo empanadas y viviendo de ellas; hoy, después de tantos años, aquellos que siendo niños probaron las empanadas, vienen con sus hijos para conservar el sabor de las empanadas de siempre, las de Deyanira.

Aunque su vida no fue fácil, los tiempos han mejorado, su tía le dejó la casa en agradecimiento por sus cuidados, los hijos velan por que nada le falte y junto a ellos construyó apartamentos encima de su propiedad. “Yo sigo haciendo empanadas porque es algo que disfruto, no por necesidad, el día que no tenga una actitud positiva las dejaré de hacer, de eso depende el buen sabor de las empanadas”.

La tienda de Celina y las empanadas de Deyanira son un punto de llegada, de conversación, de memoria viva, son recuerdos de aquellos adultos que fueron niños y jugaron por esas lomas empinadas, y se construyen como recuerdos de aquellos niños y niñas que serán adultos. Estos lugares resisten, a través del amor de ambas mujeres por conservar un oficio, una tradición.

Por Santiago Ospina Restrepo

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