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Archivo fotográfico padre Federico Carrasquilla años 80

Somos la otredad

Somos los otros, las otras. Las otras personas que están al borde de los mapas: en los márgenes. En los márgenes del río y de los mapas. Las que estamos allá arriba, donde el ladrillo y las estrellas se tocan; donde lo único que llega es el sol por las mañanas; donde parece que no contamos para nadie. Pero sí contamos. Contamos historias para mantenernos vivas.

Somos el convite, el sancocho a la calle y somos el parche. Somos colectivos y somos colectivas. Co-lec-ti-va-mente pensamos y colectivamente avanzamos. Colectivamente soñamos y colectivamente protestamos.

Somos las colectivas que no se pensaron los individuos. Los hombres blancos. Esos hombres blancos de traje negro. Hombres blancos en la comodidad de sus zapatos negros. Zapatos de suelas intactas, que pasean por calles planas y ascensores de edificios vidriados. Hombres  con maestrías y especializaciones en comunicación evasiva. Exentas de empatía. Hombres entrenados para redactar comunicados plagados de plagios… de las iniciativas pensadas por las colectivas.

Somos invasores, nos dicen. Sí, somos invasores e invasoras. Invadimos las calles de música y las aceras de cuentería; los barrios de anécdotas, los territorios de memorias. Invadimos las casas de bulla y el cemento de huertas comunitarias. 

Invadimos las fronteras. 

Invadimos las manzanas con casas culturales, invadimos las terrazas con teatros y también las paredes con colores. Invadimos la gravedad y la geografía con nuestros callejones. Invadimos la noche de la ciudad con nuestras luces. Invadimos la vida toda con música y arte. 

Somos las invisibles, a las que no escuchan, las ignoradas. Somos los de abajito en estrato, los de arribita en la loma; los de abajito en las estadísticas, los de arribita en la comunidad; los de abajito en la mirada ajena, los de arribita en orgullo.

Somos prescindibles, nos dicen. Prescindimos de parques para niños y de aceras llanas para los sin-piernas. Prescindimos de aceras. Prescindimos de salario mínimo y de agua potable. Y de derechos inalienables.

Somos las resistencias. Somos las voces más duras y los ojos más abiertos. Somos las caras más curtidas y las pieles más oscuras. Somos los brazos musculosos y las manos rugosas. Somos los pies gastados y las suelas chaticas.

Somos la ciudad popular.

La poblada, la apretujada, la hacinada, la anciana. 

La rebelde, la indómita, la insurrecta, la inconfundible. 

La paralela, la paradójica, la del parlache.

La alterna, la eterna, la estrafalaria.

La empinada, la erguida, la cuesta-arriba.

La utópica, la mítica, la múltiple.

La de la Vida, la de la Cultura, la del Arte. 

La Otra.

Por Santiago Peluffo Soneyra

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Un comentario

  1. Excelente relato. Muy sentido!!

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