Imagen tomada de www.mujeresparalasalud.org

¿La culpa es de lo que llevo puesto?

Al salir de casa quisiera estar feliz, quisiera caminar con la cabeza arriba, pero siempre estoy cabizbaja  ¿a qué se debe tanto miedo? me pregunto. Mi joroba cada vez se curva más, pues intento tapar con mi cabeza mi torso, intento ocultar mi cara mientras camino, procuro que mis labios pintados de color rojo no se vean  hasta llegar a mi lugar de trabajo, pues de pronto alguna persona me grite que se los quiere comer, que así es como le gustan y de pronto se los robe. No creo que el labial sea el problema, tal vez es mi boca, aun que creo que me voy más por la idea del color para no agobiar mi mente, sí, eso debe ser.

Mi falda va por encima de la rodilla, mientras camino por la comuna intento cubrirme con el abrigo que traje para el frío, porque mis piernas de piel morena con algunos tatuajes, lo más seguro, es que generen de nuevo un “halago”. Al parecer mi piel expuesta en la falda, llama más la atención que la piel que se asoma por la camisilla de un chico, o al menos eso pareciera. Escucho voces cuando paso: “sería rico estar entre esas dos piernas”, y yo me estremezco. Parece ser que la falda, que me hace sentir libre y bonita, para algunos hombres, es una provocación a tal punto que deseen levantarla o bajarla. 

Otros días decido ponerme un pantalón debido a los “piropos” tan cotidianos que reciben mis piernas. Se supone que ya no provocaría más con esta prenda, no me sentiría humillada y acosada cada vez voy por las calles.  Mi pantalón es, o debería ser, como un escudo, pero no, es lo mismo. Siguen las voces al pasar “qué rico con ese pantaloncito tan apretadito”. Aunque cubra mi piel, no puedo tapar las formas de mi cuerpo que al parecer también les excita. 

Mi ropa no debería usarla como escudo.  Ni tampoco debería tapar mi cara con mi cabello para no recibir más mensajes obscenos. Ponerme una falda no debería ser excusa para recibir comentarios que no estoy pidiendo. Mi libertad de ser o vestir lo que me gusta no debería ser transgredida a diario por todos aquellos que me silban como a un perro, que penetran con su mirada cada poro de mi piel. 

Por cosas como estas mi hermana de 30 años no puede caminar tranquila, corre para poder llegar a su casa pronto; y mi primo, que decide reconocerse en ropa de mujer es humillado y maltratado, cuestionando sus gustos. 

Mi sexualidad, mis gustos y mi personalidad no se deberían ver agredidas por comentarios y palabras que no estoy pidiendo. No necesito opiniones de quienes no conozco , porque no se debe naturalizar ni verse con normalidad que alguien que nunca he visto en mi vida me “haga saber” lo linda que estoy hoy. 

El acoso callejero es más frecuente en las mujeres, pero nos afecta a todos ¿a quién le gustaría tener que atravesar a diario por esa situación? Estas acciones que se naturalizan en la comunidad, siguen afectando a miles de mujeres a diario. No podemos recibir con alegría y admiración eso que nos gritan, al contrario, nos está llenando de miedo y aún más, de pensar que nunca va cambiar, que podremos caminar con tranquilidad en ningún momento.

Por Camila Cifuentes

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