Lo único que quiero es una mejor calidad de vida para mi hijo

Gilberto Idárraga, habitante del barrio La Francia, desde sus 7 años se ha dedicado a vender frutas por la ciudad, ha sido testigo de muchas historias de esta Medellín herida por las violencias y la desigualdad. Algunos recuerdos de su infancia, al dejar el campo para llegar aquí, están situados en el barrio que guarda gran parte de la historia medellinense: Guayaquil.

“Para contar toda mi historia necesitaría muchos días, les voy a contar solo una parte, la de mi hijo Santiago” Así inició Gilberto, padre de 6 hijos, su relato lleno de impotencias y angustias.

A sus 27 años nació Santiago y siete años después fue diagnosticado como Bipolar Afectivo con Autismo; en varias ocasiones su hijo presentó episodios violentos con su familia, tuvo que ser hospitalizado en el Hospital Mental de Antioquia y ahora, a sus 23 años de edad, tuvo que ser internado en un Centro Siquiátrico. Para ello, Gilberto hizo una petición en Savia Salud porque sentía que su familia estaba en peligro con las repentinas crisis de Santiago. Inicialmente esta solicitud  le fue negada y se vió en la obligación de poner una tutela para que su hijo fuese atendido e internado por uno o dos años. Ganó la tutela y hace un año y medio Santiago está internado en el Hogar Psiquiátrico Pensando en Ti ubicado en Villa Hermosa.

Gilberto afirma que su hijo sufre una constante vulneración de derechos ya que, según él, en este establecimiento no tiene una atención psiquiátrica real si no que es atendido por una enfermera que le aplica el medicamento que él mismo debe llevar y, cuando es necesario, debe salir con Santiago para el Hospital Mental en Bello y luego regresarlo al Hogar Siquiátrico. Estos desplazamientos le generan gastos difíciles de costear ya que los traslados de su hijo deben ser en taxi pues, a causa de su diagnóstico, no puede usar el transporte público.

“Los medicamentos de él deben ser originales y me dicen que no los cubre el pos, muchas veces no me los entregan, le retrasan los tratamientos al niño y me ponen a voltiar a mi por un montón de partes cada mes, ahora con la cuarentena si que se complica todo porque se supone que uno no debería estar saliendo” menciona Gilberto preocupado y cansado de las injusticias que ha vivido su hijo.

Para él, Santiago debería ser declarado interdicto ya que no está en condiciones de trabajar y a él, a sus 50 años, se le dificulta también sostener a su numerosa familia. Pese a que son beneficiarios de Familias en Acción, pasan por muchas necesidades, hoy con la cuarentena se ven en una situación crítica porque Gilberto no puede salir a vender frutas, tres de sus hijos son menores de edad, dos están en situación de discapacidad y su hija mayor vive en Montería.

El subsidio que reciben de Familias en Acción es de $160.000 cada dos meses; el medicamento que Santiago necesita, cada mes, cuesta $80.000, es decir la suma total del subsidio. El mercado lo compran con lo que gana Gilberto con sus ventas  pero con la cuarentena eso ha sido difícil, ahora en su ventana cuelga la bandera del hambre, un trapo rojo que ha permitido que algunos vecinos le compartan alimentos. Gilberto ha intentado inscribir a su familia en otras ayudas para mitigar su situación pero al ser beneficiario de familias en acción no le es posible acceder a otros programas.

Hace seis años recibieron la casa que es hoy su hogar como donación “gracias a Dios tenemos dónde vivir y a veces la gente le ayuda mucho a uno pero tampoco quiere decir que así va a ser siempre, yo lo único que quiero es una mejor calidad de vida para mi hijo, que no lo estén amarrando, que le den el medicamento que necesita en el tiempo que lo necesita. Es muy duro visitarlo y que él se ponga a llorar, se altere y lo tengan que amarrar” cuenta conmovido.

Gilberto es un Héroe sin Fronteras, así fue reconocido en 2012 por algunos jóvenes de la comuna a través de un proyecto del programa Paz y Reconciliación de la Alcaldía de Medellín. Este buscaba resaltar los personajes que generan cultura de paz en los territorios, Gilberto vendía mangos a la salida de los colegios y los jóvenes se acercaban a comprarle y conversaban con él, según recuerda, le tenían aprecio y quisieron postularlo a este proyecto que ahora recuerda con nostalgia pensando en que quisiera ser el héroe de su hijo.

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