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Alboradas de antaño

Dos palabras compuestas para observar y escuchar mientras pasan imágenes como un rollo de película por la memoria. Alborada proviene de amanecer, de algo que apenas comienza, y antaño se refiere a un tiempo pasado, pero que, si lo descomponemos desde sus letras, podría ser “antes del año”, antes del final. Juntas, un empezar y terminar a la vez.

Dentro del baúl de los recuerdos de mi infancia hay uno con sonido de latas, con el calor de un clavo caliente y la fuerza para moldear un alambre dulce. Pasar semanas por tiendas y casas para recoger tapas de gaseosas y cervezas que al ser perforadas por el clavo caliente y unidas por el alambre dulce se convertían en el instrumento para recibir diciembre, para tener el poder de la salir a la calle hasta tarde, correr, jugar y hacer ruido de celebración por el mes en el que me llevarían a ver alumbrados comiendo mazorca asada con mantequilla o manzana caramelizada, a patinar en el parque de la estación Madera y a montar bicicleta con mis primos todos los días en la cuadra de doña Fernandina, la señora que siempre nos alentaba entre el sol de mediodía con una jarra de agua para seguir jugando. El mes más divertido debía recibirse así, con diversión, juego y familia.

Nunca tuve la valentía para las papeletas de pólvora; mis primos en cambio sí, aunque les regañaran porque se podían quemar. Yo me la pasaba sonando mis tapas y buscando quién me diera para comprar Chispitas Mariposa y “dibujar en el aire”. A medida que fui creciendo el permiso para estar hasta tarde en la calle y recibir diciembre era cada vez más difícil pues, la cuadra ya no solo se ambientaba con tapas y papeletas si no con voladores y hasta juegos pirotécnicos entre los que empezó a surgir el casi refrán del barrio “¿eso es bala o pólvora?”. No entendía muy bien pero el salir a buscar tapas se fue quedando en el pasado y las Chispitas Mariposa también.

La alborada pasó de ser la noche divertida a la noche para mirar la pólvora por la ventana de mi pieza porque en la plancha nos podía caer un volador. En la radio, interrumpiendo un parrandero, la noticia de que los hospitales estaban colapsados con personas quemadas, entre ellas niñas y niños con lesiones graves.

A medida que fui creciendo, este recibimiento para diciembre se iba tornando más turbio, pues empecé a comprender cosas que de niña no pensé que trajeran detrás los juegos pirotécnicos que veía desde mi ventana hacia la zona occidental de la ciudad o los que se asomaban en el balcón por el morro de Santo Domingo. 

Más allá de las emisoras, empezaron a alertar las noticias en televisión y en los periódicos como El Espectador, donde relataban que  la tradición se reforzó tras la desmovilización del Bloque Cacique Nutibara en 2003, cuando unas explosiones marcaron la noche en un gesto simbólico de control; otros medios hacían referencia al paramilitarismo, milicias, guerrillas. Lo que para muchos era el cielo iluminado resultó ser un acto liderado por la violencia y el horror, que en diciembre parecía desaparecer de los barrios… o eso pensaba yo. Tal vez la fiesta, los parlantes en los balcones compitiendo por cuál podía tener más volumen no eran más que una búsqueda por aturdir el miedo que se percibía durante el resto del año.

Además de los quemados y la referencia violenta, las noticias empezaron a incluir afectaciones de animales con su sistema nervioso colapsado por el miedo que les genera el ruido fuerte de la pólvora, principalmente los perros, pero también gatos y aves muertas en las calles. La fantasía de la alborada se desdibujaba como la idea del niño Jesús o Papá Noel.

Hoy, siendo ya una adulta, al recibir este mes me encuentro con informes llenos de números alarmantes, como los de 2023 donde la Secretaría de Salud de Medellín reportó 33 lesionados por pólvora, siete de ellos menores de edad; niñas y niños que no se pasan la noche jugando como mi recuerdo sino en urgencias esperando calmar su dolor por quemaduras. Y solo un par de años más tarde, el Instituto Nacional de Salud reportó que a nivel nacional se habían registrado 260 quemados por pólvora en diciembre de 2024, llegó la navidad 2025 ¿Cuáles serán las noticias?

La ciudad despierta cada primero de diciembre con quemados, animales perdidos, hospitales en alerta. Tal vez celebrar sin pólvora no es apagar la fiesta, sino prender otra luz más viva, más nuestra, más segura. La niña que hacía maracas de tapas sigue despierta cuando llevo mi mirada a las luces y colores, permanece con la chispa de emoción y alegría para mi. Disfruto combinar el verde con rojo y dorado entre los espacios de mi casa, encender velas y llenarlas de simbolismo familiar, ver las casas llenas de creatividad para poner los alumbrados, el árbol y unos cuantos pesebres en la calle. La comunidad que se aviva para poner cadenetas, pintar figuras sobre el asfalto y sacar una olla pa’ la natilla y los buñuelos. El ver a mi abuela planeando las novenas y buscando colectas para hacer regalos a niñas y niños, preparando dulce de piña y de coco, hojuelas y pidiéndome poner música. A mi mamá bailando los parranderos y poniendo adornos en cada rincón. 

Podrá sonar romantizado pero diciembre es como sostener el pasado, la colectividad, la vida en comunidad, el junte para hacer cosas por la cuadra, donde se reúnen niñas, niños y adultos. En una añoranza porque las noticias dejen de tener personas quemadas o amputadas, animales enfermos o muertos, casas incendiadas por explosivos o personas heridas por riñas. ¿será posible?

Por Lorena Tamayo Castro

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