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Fiestas en el Popular 2 - Archivo de APICP

A punta de empanadas, convites y fiestas se construyó la ladera

Cuando en el barrio no había con qué enterrar a un vecino, no nos quedábamos cruzados de brazos: atravesábamos una cuerda de lado a lado en la calle, cobrábamos un peaje festivo con música y armábamos el bazar para sacar a esa familia del apuro”. nos cuenta Heriberto Villa, socio fundador de la Asociación Pro-Desarrollo e Integración Cultural Popular (APICP) en el barrio Popular 2 

Mientras desde afuera la fiesta en la periferia suele leerse como mero esparcimiento o ruido, en las calles de la ladera nororiental de Medellín la “fiesta con conciencia” ha sido, históricamente, una herramienta de autogestión, respuesta al conflicto armado e infraestructura comunitaria. 

Como explica la historiadora y gestora cultural Andrea Sierra, citando al pensador Elias Canetti, “las casas con sus puertas y ventanas se inventaron para protegernos del otro; la fiesta popular propone exactamente lo contrario: sacar la olla a la acera, habitar el solar y abrazar la diferencia”. En una montaña donde las familias campesinas expulsadas por la violencia llegaron con sus costumbres e identidades en el equipaje, la calle se convirtió en el salón de clase y en el centro del encuentro. 

En los años cuarenta y cincuenta cuando las primeras familias llegaron a la zona nororiental los procesos de autoconstrucción de viviendas y de los espacios comunitarios (canchas, escuela, caseta comunitaria y vías) se consolidaron a partir de los convites y empanadas. Había una estrategia popular, donde las casas se apretaban en la ladera y no existían teatros, parques ni plazas públicas, la calle se convirtió en el único escenario posible para la reunión masiva. Para hacer fiesta o conversar sobre las necesidades del barrio, no quedaba más remedio que apoderarse de la calle. Bastaba con atravesar una simple cuerda de lado a lado en la cuadra para frenar el tráfico y transformar el callejón en un salón comunal al aire libre, cuando vieron la necesidad de construir una caseta comunitaria, la estrategia fue organizar con fiestas, bailes, venta de chicha, limonada y empanadas para conseguir los recursos para el piso de la caseta. nos narra Heriberto al tiempo que nos contaba como las fiestas y la apropiación de la calle fue también una herramienta de autogestión comunitaria. Cuando en el Popular 2 una familia no tenía recursos para enterrar a un ser querido, la solidaridad no esperaba a trámites institucionales: se atravesaba la cuerda en la vía, se cobraba un peaje festivo, se organizaba un bazar para recoger fondos y poder cubrir los gastos funerales. 

Los domingos, los micrófonos de las casetas comunitarias llamaban a la jornada de trabajo colectivo: “La gente se integraba al encuentro de pelar papas para el sancocho”, relata Heriberto mientras recuerda cómo los vecinos y vecinas se iban conociendo entre el trabajo colectivo de abrir las acequias del agua o el arreglo de las calles, los niños y las niñas aprendían el valor del trabajo colectivo a través de las “comitivas” compartiendo el arroz, la arepa y el chocolate. Con estos esfuerzos se levantaron las primeras escuelas, casetas y canchas del sector. 

Cuando la tensión y violencia de los años setenta y ochenta desafiaron la ladera, las fiestas comenzaron a  cobrar sentido político de supervivencia colectiva. Durante el histórico Paro Cívico de 1977, Heriberto recuerda como paralizaron la parte alta del popular 1 y 2 hasta Villa del Socorro, la resistencia nocturna se sostuvo a punta de café y panes caseros, acompañados bajo música de Víctor Jara que se interpretaba en cada punto de encuentro.

Allí, entre la música, una obra de teatro, zancos, malabares y unas buenas empanadas de maíz, la calle es habitada sin miedo. “no se trataba de una fiesta por la fiesta para emborracharse, ni de un evento comercial para el consumo individual. La fiesta con conciencia tenía un horizonte y un propósito comunitario” Heriberto Villa recuerda cómo se vendían empanadas para enterrar a un vecino dignamente, para financiar una biblioteca comunitaria o para comprar el cemento para la construcción de la escuelita. 

La fiesta también fue la herramienta para desarmar a los jóvenes en la puerta de las casetas, “no les permitimos entrar a la fiesta con armas” nos cuenta Heriberto, manteniendo la consigna innegociable de defender la vida, donde la toma festiva de la calle fue la respuesta pacífica pero firme contra los toques de queda y la violencia de las armas. 

Rescatar el significado del convite y de la «fiesta con conciencia» es una tarea urgente de memoria. Porque, como decía el Padre Federico Carrasquilla, la alegría es uno de los valores más potentes de los sectores populares para afirmarse en el mundo, tejer solidaridad y defender su territorio. 

Por Rodrigo Aristizábal

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