Forografías archivo La Pregonera Orquesta

Un siglo de sonoridades en la amada montaña

Los arrieros que todavía pasaban por la ladera nororiental de Medellín en los años 20 del siglo pasado, silbaban las canciones campesinas que aún no se grababan pero que se transmitían de fonda en fonda por generaciones. Aquellas inmensas fincas de la ladera empezaban a volverse barrios, y el desarrollo de la ciudad se aceleraba de forma imparable. Sobre este escenario aferrado a las montañas que bordean por la esquina superior izquierda el mapa de la ciudad, hagamos un rápido viaje en el tiempo por las músicas y los fenómenos culturales que han marcado la banda sonora de un siglo de historia de la zona nororiental de Medellín, recorriendo los barrios y sus espacios físicos que durante todo este tiempo han contenido memoria sonora sobre lo que somos. 

Después de una década de fundados los primeros barrios: Manrique y Aranjuez, en la década del 30 del siglo XX llegaron los transistores a los hogares, y en aquellas nuevas vecindades empezaban a sonar al lado de la música andina colombiana ritmos de toda américa, al punto que desde la Argentina llegó el tango, ese sofisticado aire musical que se quedó a vivir en el barrio Manrique, que hasta el presente alberga la memoria del zorzal criollo, por el gran Carlos Gardel, quien murió en Medellín, pero se quedó eternamente a vivir en Manrique. 

Con el Tango llegaron también la ranchera, el bolero, el son cubano, que con las cumbias del caribe y las músicas andinas colombianas, compartían el deleite del público y pronto Medellín se convirtió en un epicentro de la música a nivel latinoamericano con la creación de grandes estudios de grabación como Discos Fuentes y Codiscos, entre otros, que grabaron a las grandes orquestas colombianas y venezolanas, pero además a boleristas de toda américa. A la par de los estudios de grabación en la ciudad se levantaron grilles y sitios nocturnos donde estas agrupaciones y solistas se presentaban durante todo el año para el deleite del público paisa de la pujante empresa, pero que también se bailaban y  disfrutaban en los estaderos y casetas que se ubicaban en las afueras de la ciudad donde hoy están las comunas 2 y 4, sobre la vía a Zamora; en uno de esos burdeles de entonces está hoy la Casa Amarilla en Santa Cruz.

La música hace parte del equipaje de los seres humanos, vayan donde vayan llevan su música, y así pasó con los miles de migrantes que desde los campos de Antioquia fueron expulsados por la violencia y terminaron quedándose a habitar la ladera más al norte y más al oriente, expandiendo la esquina popular de la ciudad, y a dónde no sólo la música, sino la identidad campesina quedó marcada dentro de la ciudad, confundiendo como hasta ahora los límites de lo rural y lo urbano. 

Así se terminó de configurar este territorio popular donde estaban los obreros y los campesinos desplazados construyendo su propio lugar en la Medellín de mediados del siglo XX, completando el mapa de la nororiental. Hasta el presente siguen llegando esas familias a lo más alto de la ladera, todavía por las mismas razones de hace 70 años, pero esa es otra canción.

El auge de la radiodifusión hizo que cada casa tuviera un radio, el electrodoméstico principal de las familias para escuchar radionovelas, transmisiones de ciclismo y así emisoras y nuevos aires musicales llegaron a la ladera en los años 60 y 70, cuando la influencia del rock comenzó a crear seguidores y creadores de músicas anglo pero con un sentido marginal como el rock y el punk, que tuvieron en la ciudad su clímax con la realización del festival Ancon de 1971 en el municipio de La Estrella, emulando al festival Woodstock, donde se gesta la cultura de las bandas y los conciertos que aparecen inmortalizados en la película “Rodrigo D, No futuro”, que retrata las prácticas de los jóvenes de los barrios periféricos de la nororiental alrededor del punk y el heavy metal en los años 80s, cuando estas músicas eran mal vistas socialmente, incluso por el narcotráfico, por lo que el término underground tiene mucha significación en esta escena musical rockera en general, que estuvo bajo tierra mucho tiempo.

En los años 80s La cultura salsera cobra fuerza en la ciudad y en los barrios de la nororiental surgen tabernas como  La Casona, La Munka Munka, La Kalinka, La Montecarlo, en todas se presentaron hechos violentos, era un momento crítico en la ciudad. La radio también nos trajo la salsa con Latina Stereo, y se gestó desde la cultura salsera un movimiento de resistencia que llegó a oponerse a un doble toque de queda impuesto por el Estado y por el narcotráfico, con la realización de la memorable Salsavía del año 1988 sobre la avenida 45 en Manrique, donde alrededor de cien mil personas bailaron para rechazar la violencia. En el año 1990 Pachanga Orquesta, una agrupación nacida en Aranjuez y Campo Valdés, gana el festival de orquestas en la Feria de Cali, y se convierte en un referente para la ciudad salsera.

Nuevo siglo, se abre paso el hip hop como escuela, como movimiento cultural y en la nororiental toma mucha fuerza como proceso pedagógico con proyectos como Cu4tro Elementos Eskuela, del cual nace Crew Peligrosos del barrio Aranjuez, quienes han mantenido un testimonio de disciplina y trabajo colectivo, pero también en Aranjuez surge uno de las agrupaciones más destacadas del género en Colombia, como lo son Alcolirycoz, quienes en sus letras han mantenido el sentido de apropiación y de orgullo por el territorio y resaltado el valor de su gente para resistir a la pobreza y a la violencia.

En el nuevo siglo nace también una tradición de ciudad alrededor del latin jazz y la salsa, las fiesta de los 25 de diciembre en la casa de Siguarajazz en Manrique Oriental. Las jam session se convirtieron en la ciudad en espacios de encuentro de músicos y amantes del ritmo, y a partir del año 2001 comenzó a realizarse un encuentro del talento musical latino, al punto de volverse un evento de ciudad, que el año pasado desbordó toda convocatoria y fue incluso suspendido por la policía. De la nororiental hoy se pueden destacar proyectos como Charanga La Contundente, La Pregonera Orquesta, que sumados a Siguarajazz mantienen activa la escena salsera de Medellín con sus producciones.

Estamos en 2020, y la música sigue brotando de nuestra ladera, cada vez más parecida a nosotros, más estéticamente transgresora y animadora de lo colectivo, del encuentro, del baile, de la alegría que es, según del Padre Federico Carrasquilla, uno de nuestros valores más potentes como pobres. 

Que siga el baile por más siglos…  

Por Augusto Restrepo

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