Construcción de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción - 1951

Santa Cruz, en la memoria de la abuela

Eran años donde los habitantes del barrio se reunían en torno a la parroquia, años de unión y fraternidad.

Aún eran  jóvenes cuando llegaron. Venían del barrio La América. Mi bisabuelo les había regalado un pedazo de tierra a mis abuelos para que levantaran su casa. En esa época el abuelo trabajaba en la industria textil y la abuela se dedicaba a las labores del hogar, solo tenían tres hijos: León, Alma y Gustavo. El cuarto hijo, Jorge, nació ya cuando vivían en Santa Cruz.

Eran los inicios de los 50, el barrio parecía un pueblo. Tenían muchas mangas y las calles eran de tierra amarilla; existían pocas casas, y las que había, eran hechas de bareque y tejas de barro. Todo era muy verde, con muchos árboles, vacas, gallinas, piscos y cerdos; la gente cultivaba sus propios alimentos, todos eran muy unidos y se apoyaban mutuamente.

Una mañana vieron llegar una gran máquina que empezó a sacar tierra en los predios ubicados al frente de la casa de la abuela, dichos predios pertenecían a la Arquidiócesis de Medellín y allí se iniciaría la construcción de la parroquia Nuestra señora de la Asunción. Esa máquina enorme y ruidosa era de gran asombro y fascinación, todos querían verla de cerca y algunos se ponían su mejor traje y postura para tomarse una foto en ella, pues pensaban que nunca volverían a ver algo igual.

Entre todos construyeron la parroquia, los hombres ayudaban en la albañilería, mientras que las mujeres hacían de comer a los trabajadores y vendían empanadas para obtener recursos y así poner bella la iglesia. Las familias la encontraban como sitio de encuentro; se realizaban bodas, primeras comuniones, funerales, fiestas patronales y navideñas, pero de las celebraciones más esperadas era la Semana Santa que era en vivo. Los adultos preparaban toda la puesta en escena y don Bernardo, el dueño de la droguería, era quien hacía de Jesús y lo colgaban de la cruz; los jóvenes bajaban al río a coger varas de caña brava y las colocaban en los andenes para adornar el paso de la procesión. Era todo un acto de reverencia y amor.

Con el pasar de los años, el barrio comenzaba a transformarse, cada vez llegaban más personas a poblar el territorio. Había varias casas con andenes, ya no tantos sembrados ni animales; las calles empezaban a cambiar su aspecto pantanoso por el gris del asfalto; empezaron a llegar buses que bajaban desde la terminal de La primera del pueblo y los que subían de la terminal de La Rosa; del Popular bajaban los colectivos a toda velocidad, eran unas camionetas adecuadas para el transporte público; había más personas, pero la unidad entre los vecinos no era igual, el tiempo los cambió, las formas de habitar los cambio.

Acerca de Hilda Cañas

Soy madre de cuatro jóvenes talentosos, comunicadora empírica, actriz de teatro y artesana. Me gusta escribir situaciones que marcan el transcurrir de la vida, amo la fotografía, soy salsera de corazón, estoy llena de sentimientos y emociones que aprovecho para transmitir a los demás lo mejor que hay en mí. Siempre trato de brindar una sonrisa amable y una mano amiga.

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