El placentero acto de caminar

Caminar es, siempre, buscar horizontes.

Recientemente salí a caminar el barrio, la parte baja de La Rosa, por la calle 98. Iba en la búsqueda de una familia afrocolombiana de la que tenía indicio habitaba una de estas calles, conservando en su intimidad la tradición de los alabaos, los cantos tradicionales que algunos pueblos del Pacífico entonan en sus ritos fúnebres. Iba a ciegas, con más dudas que certezas, pero atenta a lo que podría encontrarme.

Llegué a la entrada de un restaurante que me sugería poder encontrar algo: La sazón chocoana. Unas escalas y estaba adentro. Una mujer con hermosos ojos marrones, siempre me impresionan mucho los ojos de la gente, me indicó no saber nada sobre lo que le pregunté.  Pese a todo, me movió a continuar la búsqueda.

-Tal vez en Chocó Chiquito encuentre algo -me dijo.

No entendí de lo que hablaba. Explicó que es un lugar donde viven muchas personas morenas y que quizá allí podrían ayudarme. Enruté hacia el camino señalado. Una pequeña calle empinada, niños a un lado y otro movidos por el deseo de patear un balón. Uno de ellos me indica por dónde seguir en la búsqueda de este sector del que no había escuchado hablar antes.

Encontré La Encocada, sitio que ya me era conocido. Pero no era ese el que buscaba. Me señalaron un camino, unas escalas por las que seguí hasta encontrarme de frente con una quebrada. Pero todo esto no pasó tan rápido como lo cuento. Hubo entre cada paso un momento para detenerme, observar y percibir un nuevo lugar, uno en el que no había estado antes, un camino angosto. Un pequeño puente sobre la quebrada, una sucia, llena de desechos por la acción desorganizada de mujeres y hombres. El callejón continuaba y entre una pregunta aquí y allá a los vecinos llegué a Chocó Chiquito. El adjetivo, a mi modo de ver, va en dos sentidos: el primero por tratarse de un lugar habitado en su mayoría por familias afros, provenientes del departamento del Chocó.  El segundo porque el sector no supera una cuadra larga y curva, rodeada de casas a lado y lado.

Mi búsqueda de la familia y sus alabaos terminó pronto. Hablando con varias personas descubrí que al menos en esa intención había fracasado. Pero una vez allí ya no me importó. Debía aprovechar la oportunidad para conocer historias que habitaban esa calle. Llegué a casa de María Ibargüen, una habitante del sector. Allí estaba con parte de su familia. Me detuve a conversar con ellos. Ella llegó hace por lo menos 25 años a un lote que compró al propietario del terreno. Había vestigios que indicaban que el lugar fue un sitio receptor de basuras. Pese a todo, ella y su familia encontraron la forma de habitarlo.  

Limaco Palacio también fue fundador. Llegó cuando su hijo menor apenas contaba con un año. Hoy ya es un joven de 26 años. Vivió en una pequeña pieza, pero pronto se hizo al terreno donde construyó su casa. Después de la conversación con Limaco, doy media vuelta para volver. El callejón y las viviendas se terminan. De regreso veo a los mismos jóvenes en la esquina que conversan y se ríen, la tienda con la vitrina y los fritos que no se vendieron en la mañana. Me devolví con el placer de haber descubierto un lugar nuevo, cercano, a solo unas cuadras de mi casa,  un sitio que además nos hermana con los vecinos de Aranjuez, territorio al que pertenece Chocó Chiquito, separado por el límite natural de la quebrada La Rosa.

En la noche, mientras escribía, recordé un bello texto que leí de Juan José Hoyos. Parafraseando a Stevenson -un escritor que lo conmovió un día- Hoyos escribió: “Porque caminar es el mejor antídoto moderno contra la prisa: tenemos tanto afán por hacer cosas, por trabajar, por escribir, por acumular dinero, por hacer oír nuestra voz en el silencio burlón de la eternidad, que olvidamos esas cosas de las que aquellas no son sino parte, a saber: nos olvidamos de vivir. Caminar puede ayudarnos a no olvidar nunca”.

Yo agregaría que caminar puede ayudarnos a descubrir la historia de personas desconocidas, la sonrisa de Limaco, la hospitalidad de María y su familia, nuevas calles, otras ciudades, nuevos horizontes.

Acerca de Cindy Paola Paternina Arcia

Suelo ser una persona tranquila y risueña. Creo en la gente, y en la solidaridad que aún nos queda. Le apuesto a los procesos comunitarios porque tengo la convicción de que de esta manera se pueden transformar las realidades indignas y violentas que se viven en el país.

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