Archivo Fotográfico FEPI -Años90

De Bermejal y un cielo de cometas

Recuerdos de una zona de Medellín rica en historias

Lo más antiguo que recuerdo de la zona nororiental de Medellín, una mezcla de laderas, barrancos, cañadas y calles largas y sentimentales como la 45, es una visión de Bermejal. De donde yo estaba, tal vez tendría cuatro o cinco años, veía un paisaje de verdores: cañaverales que el viento, que parecía proceder del río Medellín, movía como si se tratara de cabelleras enormes y alborotadas. También, por la vieja carretera a Bello, aparecían unos avisos de cafés, como el Tango Bar, y otros que a un niño no le decían mucho, pero sí eran estímulo para una memoria en gestación.

Después, quizá a principios de la década del sesenta, un largo viaje desde Bello a Santo Domingo Savio, un barrio emergente en construcción, sobre colinas arduas, con tierra amarilla y casitas endebles sobre precipicios, advino como un descubrimiento de una ciudad que yo apenas tenía configurada por las idas y venidas a Guayaquil, o a las visitas a las tías, que habitaban por Bomboná y Gómez Ángel (de San Juan hacia el sur).

En Santo Domingo llegó a vivir mi tía Betsabé, la que luego transformé en protagonista de una novela: El último puerto de la tía Verania, una mujer de carácter, que sabía de magias y bebedizos, de filtros de amor y adivinaciones de suertes en cenizas de cigarrillo y en la borra del café. En su casa de material y piso de cemento, hacían filas señoras de ese barrio en el que alguna vez se estrelló un avión de carga y dejó regadas por desfiladeros y laderas cantidades de bluyines y otras prendas.

Y en Aranjuez, cantado por Tomás Carrasquilla en sus crónicas de El Espectador, habitó también el tío Marcelino, en una casona enorme muy cerca del parque. De esa geografía de entonces, que sabía a bizcochitos de San Nicolás, evoco a veces las músicas que emanaban de cafetines nostálgicos: “Cuartito azul, dulce morada de mi vida, fiel testigo de mi tierna juventud…”. Mucho tiempo después de mis visitas al tío y a las primas bonitas, volví por ese barrio tras las huellas de una película en el Teatro Laika: Pelota de trapo, que hizo que la muchachada de entonces, cuando iban a proyectar el filme protagonizado por Armando Bo, dirigido por Leopoldo Torres Ríos, con guion de Borocotó (célebre periodista de la revista El Gráfico), y el rollo se enredó, o comenzó a quemarse, sí, hizo que la exacerbada muchachada destruyera la silletería.

Escribí más tarde, tras seguir algunas pistas, una crónica sobre los cines de barrio, que en esa zona tenían tantos, como el Palermo, el Cervantes, el Lux y el Manrique, y sobre el Laika, con nombre de perrita cosmonauta, a la que pertenece este este fragmento sobre la proyección de Pelota de trapo

“Desde hacía rato las carteleras, que mostraban fotos de “pibes” que habían fundado un equipo de modestias y carencias, el Sacachispas Fobal C., emocionaban a la muchachada. Y llegó el esperado día. El teatro lleno. Y de súbito, un daño en la proyección, cortes, luces que se prenden y apagan, gritos, aullidos, y los primeros improperios contra el proyeccionista: “¡operador, soltá al pelao!”, que entonces no produjo risas sino más descomposturas”. Después vino la debacle y las butacas quedaron sirviendo para leña.

La nororiental, la centenaria, la que recibió a expulsados de tantas partes, es dueña de paisajes policromos, como los que salían de los traganíqueles de la 45 (hoy avenida Gardel), con sollozos de bandoneón y óperas de tres minutos. Es una mezcla rara de nombres europeos (la Francia, Andalucía, Aranjuez, Moravia, Versalles, Palermo, Berlín, Moscú) con otros de por aquí, como Carpinelo, la Honda, Bello Horizonte, Granizal, Cuatro Bocas, y de canonizados y otras santidades como Santo Domingo Savio, San Cayetano, Santa Cecilia, Santa Cruz, La Cruz.

Suenan bien muchos nombres de sectores y barriadas nororientales. El Playón de los Comuneros, Villa Niza, Villa del Socorro, El Pomar, Campo Valdés. La Nororiental, tan estigmatizada, tan sufrida, tan resiliente, tan contenta, con carnavales y comparsas, es un enorme territorio con poéticas, con actores, con escritores. Y con gente cívica y solidaria. Si usted quiere saber de dónde llegó aquel decir de “calles como una pared”, pues es si no que suba por las empinadas pendientes de numerosas barriadas, donde, seguro, la gente no sufre de presión arterial y respira bien.

Vuelven ahora los recuerdos de un niño que desde una loma de Bermejal miraba con embeleso el viento en los cañaverales, de los que, tiempo después, ya en las vegas del río Medellín, en Bello, extrajo varillas para confeccionar las cometas de más autonomía de vuelo que jamás se hayan visto: todavía permanecen en un cielo eterno que a veces se confunde con lo que los más viejos llaman la nostalgia.

Por Reinaldo Spitaletta

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